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Monday, July 24, 2023

Nueva vindicación de Martín Morúa Delgado

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En su ensayo sobre Morúa, en la revista afro hispánica, Onyria Herrera[1] señala la manipulación política de la insurrección de 1912; con la perversión del integracionismo y el ideario— de Morúa, desdeñando la culpa martiana en esos trágicos suceso. La culpa martiana aquí es más que metafórica, en la legitimidad filial de su hijo, entonces responsable del ejército republicano; pero también por el vacío de su idealismo humanista, con el que se funda el mito de la independencia nacional.

Curiosamente, aunque se señala su rechazo por la novela histórica, la proyección literaria de Morúa se ancla en la guerra; mencionando los levantamientos de Quintín Banderas y Guillermón Moncada, como inicio de la Guerra chiquita (1879). La realidad para Morúa está fundada entonces en la participación negra, como su misma determinación; que aunque no única —secunda el levantamiento de Betancourt— es tan importante y consecuente como las otras.

No obstante, Morúa es un autonomista y mantendrá esta dualidad en todo, de sus novelas a sus discursos; porque esta proyección suya es pragmática, como un perfecto —si bien precario— equilibrio realista; entre el idealismo moral del independentismo y el material del anexionismo, en el eje mismo de esa guerra. Morúa por tanto no subordina nunca la causa negra, pero tampoco es un idealista sino un pragmático; una actitud menos contradictoria que la de W.E.B. Du Bois en Estados Unidos por ejemplo, con su atajo de contradicciones.

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Es la inmadurez política de la cultura cubana la que no puede comprenderlo, y lo empuja al ostracismo histórico; contrario al caso norteamericano, en que las contradicciones de Du Bois alimentan el idealismo progresista. De hecho Morúa será conservador, haciéndose más incomprensible aún para el reduccionismo moderno; porque su base está en la precariedad social del negro y no su idealización, haciéndolo políticamente funcional.

Recuérdese que el pragmatismo de Morúa no crece sobre el vacío, sino sobre el terror del general O’Donnell;  con su maniobra de la conspiración de la escalera, afectando todo intento de unidad nacional con el miedo al negro. Este de hecho proviene de la revolución Haitiana, como elemento clave del racismo cubano; de otro modo demasiado laxo en su singularidad, como un problema políticamente peligroso en esta laxitud.

Eso es lo que resulta incomprensible en el panorama cubano, intelectualmente más simple que el norteamericano; por su ascendiente ibérico, que basando su humanismo en el romanticismo antes que en el racionalismo, se precia de su voluntad. Esto es lo que explica la reacción negra ante la frustración republicana, incluso con respaldo político más allá del borde racial; sobre la base de esa justicia ideal y abstracta, que se alimenta a su vez en la sublimación moral martiana.

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Sin embargo, la frustración republicana —más allá de lo racial— sólo expresaría esta inmadurez, como contradicción; a la que sólo se le puede dar tiempo, no para que se disuelva, sino hasta para que se defina en una perspectiva. Es esto lo que puede confrontarse una vez políticamente definido, por un estamento también maduro en su marginalidad; y que evitando una ruptura ontológica como la de 1912, hubiera permitido un desarrollo más consistente del asociacionismo negro.

Lo peor no es eso —que es sólo lo que no sucedió—, sino que la culpa de esta crisis recae en el que hizo por resolverla; mientras todos, blancos y negros, tapan con el escándalo la mano responsable del genocidio, bajo la legitimidad filial del Ismaelillo. Que los blancos cubanos caigan en ese error es apenas natural, como muestra de esa irrealidad del ideario martiano; pero que un siglo después los negros cubanos no entiendan lo que pasó es escandaloso, perpetuando el mismo desdén que sus amos.


[1] . McElroy, Onyria Herrera. “Martín Morúa Delgado, Precursor Del Afro-Cubanismo.” Afro-Hispanic Review, vol. 2, no. 1, 1983, pp. 19–24. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/23052824. Accessed 24 July 2023.


Friday, February 16, 2024

Otra vez, José Martí y la tricotomía del negro en Cuba

Martín Morúa Delgado es el opuesto al trascendentalismo cubano, pero en ello mismo una figura contradictora; lo que le hace tan idealista como ese trascendentalismo, al relacionarse con este en la contradicción. Juan Gualberto Gómez tiene en cambio la capacidad mediadora que falta a Morúa, participando de ese idealismo; al que incorpora el pragmatismo de su negritud, semejante al de Morúa pero con la flexibilidad de que carece este.

Tan paradójico desarrollo se debe a su paradójica circunstancia, participando de ambas naturalezas; de la negra, que le impide la extrema sublimación de Martí con la realidad de su origen, en la esclavitud pero libre; y de esa misma sublimación martiana, tanto por formación como por su exposición al republicanismo francés. Gómez y Martí comparten la sublimación trascendental, pero Gómez la modera como no lo hace Martí; porque sus propias referencias son existenciales y no intelectuales como en el otro, que se acompaña de arquetipos en vez de realidades.

A Martí lo acompañan los ángeles que lo apadrinan, en la amistad y el mentorado de Mendive y Valdés Domínguez; pero ambos le aportan esa sublimación, sobreponiéndolo a su propia realidad, haciéndolo puramente idealista. Contrariamente, la formación de Gómez es costosa, desde los padres esclavos que le compran la libertad; y no sólo la compran, sino que se mantienen en una vigilancia activa, que no le permite cortar el vínculo.

De este modo, cuando el padrinazgo de los dueños de sus padres llueve sobre él, todavía lo hace a través de ellos; mientras el caso de Martí es opuesto, nacido libre de padres libres, disolviendo su pobreza en ese patronato. No debe olvidarse eso, la referencia liberal de Gómez es la tercera república francesa, álgida y filosófica, no ideológica; mientras que la de Martí, condicionada por el absolutismo restauracionista, semeja al posthegelianismo alemán.

De todo eso, puede ser la negritud el elemento más interesante de Gómez, dándole ese carácter existencial; por el que puede proyectarse en el mismo trascendentalismo del otro, pero moderarlo en una mayor eficacia política. De ahí que el pragmatismo de Gómez, siendo menor que el de Morúa sea más eficaz también, por esa flexibilidad; que no le permitirá tampoco el absurdo martiano de que el cubano sea más que negro o blanco; porque su comprensión no es empática sino existencial, partiendo de su propia experiencia, no su ideología.

Por eso, Gómez no encuentra su referente para un pragmatismo político en Morúa Delgado, que lo rechaza; sino en el controversial acomodo de Booker T. Washington en Estados Unidos, con quien intercambia correspondencia e intereses. Gómez encarga su mayor interés —que es su hijo— a Washington, como una vía para el asociacionismo negro; que se frustrará sólo por la algidez de los contrarios —que son Morúa y los Independientes— en Cuba, ignorando su flexibilidad.

No hay dudas de que esto hace de Juan Gualberto Gómez la figura más interesante de la historia cubana; en el sentido de que puede corregir el centro fundacional de la misma, desplazando la centralidad de Martí. Esta importancia en principio sería propia de Morúa Delgado, pero sólo por esa oposición directa al trascendentalismo; que sin embargo no sería suficiente para sostener una realidad, sino sólo para fundarla, no darle la consistencia.

Eso es lo que hace Gómez, corrigiendo incluso el defecto de Morúa, que es todavía negro por default; es decir, en el sentido del aporte efectivo de lo negro a la cultura cubana, sino sólo de justicia política. En este sentido, la justicia que aportaría Gómez es antropológica, acorde a la naturaleza propia de la sociedad; no social, como la pretendían los Independientes de color, ni política, como buscaba el pragmatismo de Morúa; sino exactamente antropológica, corrigiendo la cosmología cubana como occidental, en la centralidad del negro.


Saturday, December 2, 2023

The Morúa’s Enigma, an introduction

El enigma Morúa Delgado is not limited to the historical problems surrounding this character, but goes within his reach; thus, it is more of an anthropological analysis of the historical determinations of politics in Cuba than of this politics in itself. Even in this sense, treating Cuba as the specific context in which Morúa Delgado relates to the Western culture; so it is also an anthropology of than Western culture, expressed in the political contradictions of its development.

That is why, for example, he compares —in appendices— the development produced by the Greek political singularity; but not in relation to the latest political processes in the West, but to their parallel in another exceptionality, African. The book is full of these contrasts, as the one proposing an understanding of history other than dialectics; with an introduction to trialectics, as proper to reality, which in turn would be the nature of the historical.

That is why, despite not being a long book, it gives the impression of being digressive, in its thematic expansion; with appendices as dense —sometimes denser— than the body of the book, trying to break down their topical implications. In this sense, it can be a book as difficult as the subject, struggling to establish an audience of its own; for postulating against the conventional understanding of history, it is as specialized as that very convention.

However, this difficulty is inescapable, even if it means postponing in time the impact of the book; because it is precisely another step in the development of a New Black Thought, like another tradition. Especially important in this sense, then, it seeks to correct the anthropological axis of national culture; moving it from his founding myth to a more practical understanding of these historical determinations.

Morúa Delgado, in short, was the one who postulated a pragmatic and non-moral argument against the autonomic solution; which thus allows for a more realistic establishment of the independence culture, and thus a more functional of these determinations. That’s why its importance is anthropological rather than political, even if its expression is inevitably political; and this in turn as a contradiction, which explains the instability of the republic, leading to its constant implosion.

Another interesting aspect of this approach to Morúa, is based on its same anthropological nature; which in this understanding of history, places it at one of the trico and non-dichotomous extremes of contradiction. The other two extremes would be that of Estenoz —overshadowing the angular function of Ivonet— and Juan Gualberto Gómez; and beyond them, those of Fidel Castro and Toussaint L'Overture, narrowing the Caribbean and displacing the centrality of José Martí.

It is therefore a complex vision of a phenomenon, that is already very complex, without reducing it in its determinations; and hence its contradiction, of avoiding conventional specialization, but with its own specialty, as emerging. Its index of complementary readings, apart from the direct bibliography, is just as apparently random and contradictory; but imposing with it its own object, on the transcendent determination of the real and its comprehension.

This is what makes this book so extremely complex, in that functional centrality of Morúa Delgado; as an elusive topic in current discussions of history and politics, which also now extends to philosophy. Hence the cardinal function of these appendices on Hegel's inconsistencies in relation to dialectics, for example; starting from the same contradiction about the Dasein, which he himself lacked, given his cultural hyper-specialization.

This is the contradiction correctable by black culture in its emergence, but distancing itself from all conventionality; even if through that thick thicket of true marronage, outside the domestic realm of academia. That’s why this approach aims to solve the so-called black problem, but undoing its artificiality; which is why this personality of Morúa Delgado is so central to the history of Cuba, as its capital correction.

This edition is accompanied by  that of Morúa's own Political Essay,  from which his anthropology is extracted; as that understanding of the ontological determinations of the Cuban, at the basis of a true national tradition of thought. With the subtitle of Cuba and the Race of Color, this essay by Morúa is one of his most and worst cited sources; with biased readings, which dissolve into specific data the scope of his very original systematization of the racial problem.

Saturday, June 11, 2022

Morúa Delgado y Juan Gualberto Gómez, la encrucijada negra de Cuba

 "A menudo, cuando algo comienza por algún motivo en una generación y llega a la tercera, las personas han olvidado por qué comenzaron a hacerlo, y queda inculcado en los rituales de la vida. Ahí es donde estamos como negros".

William Graham Sumner

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Como en Du Bois y Washington, Morúa Delgado y Juan Gualberto Gómez nunca se enfrentaron directamente; antes bien, es la historia la que los ha enfrentado, a partir de sus respectivos desarrollos políticos, ciertamente contrastables. No obstante, el hecho de que siendo contemporáneos no se enfrentaran nunca, significa que estas posiciones suyas no eran mutuamente excluyentes; lo que es grave, porque en esta exclusión a partir de mitos históricos, los negros cubanos han perdido un gran referente, también histórico.

La alusión a mítica no es gratuita, se refiere a la historia de los cien años de lucha de la revolución cubana; que es la leyenda dorada con que esta se justifica a sí misma, apropiándose de ese pasado heroico y fundacional. El problema no es el mito, sino su efecto sobre los negros, como sector entero de la cultura y la sociedad nacional; pues ha eliminado ese referente magnífico que es Morúa Delgado, como base para una tradición de pensamiento negro.

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Primero, la leyenda de los cien años de lucha es un mito, porque la guerra de independencia terminó en 1998; no importa cual fuera su resultado final, incluso el interregno de la primera república, bajo ocupación norteamericana. El salto de la caída de Santiago de Cuba a la generación del centenario es una manipulación, incluso típica; parecida en ese sentido a la de la Libertad guiando al pueblo en la segunda comuna, con los símbolos de la primera.

Igual, eso es materia propia de la historia nacional, no de la escisión que lastra la integración racial en Cuba; un fenómeno ya complejo de por sí, por cuanto no ocurre en las formas virulentas del segregacionismo norteamericano; pero que no obstante es hasta más efectivo en el caso cubano, porque consigue condicionar definitivamente esa integración. Eso es lo que ocurre con la masacre de 1912, disolviendo en una supuesta culpa histórica la figura magnífica de Morúa Delgado; que como Booker T. Washington en los Estados Unidos, sólo propugnaba un mayor pragmatismo político.

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La mitología nacional es tan sinuosa, que tampoco contrasta las figuras de Morúa y Juan Gualberto directamente; sino sólo ensalzando la del último junto a la de Estenoz, que es la que contradice a la de Morúa, con el alzamiento. Curiosamente la figura de Estenoz, como la de todo negro que integra el panteón cubano, es un arquetipo tradicional de heroísmo; que junto a la revolución haitiana se alza como determinación última y condicionamiento, para todo intento de legitimación política.

Falta aún esclarecer el significado y alcance de esa enmienda en la historia de Cuba, más allá de su manipulación interesada; ese tampoco es el problema aquí, sino la eliminación —cualquiera que sea el motivo— del pilar y base misma de una tradición de pensamiento negro. No es casual que, en contraste con cualquier otro negro del panteón cubano, Morúa no es primeramente un héroe clásico; sino que, a pesar incluso de un intenso activismo en el movimiento independentista, es sobre todo un político y un pensador.

Se trata quizás del único caso de un negro que descuella como pensador y político, no en base a un pasado heroico; incluso si posee ese pasado, en forma al menos suficiente sino descollante, ante los titanes que lo acompañaban. Los negros cubanos no pueden darse el lujo de esta carencia, porque —como se ha visto— no han podido suplirla con nada; pues Morúa es el padre iniciático de esa tradición, que clama aún desde su potencia absoluta, llorando por los enfrentamientos que la realicen.

Saturday, March 30, 2024

From the Gustavo E. Urrutia’s series

It cannot be stressed enough the difference between the intellectuality of Morúa Delgado and the political acuity of Urrutia; they only share the pragmatism, which in one is probabilistic and in the other is socially projected, more tactical than strategic. Between them, they illustrate the diapason of black intelligence in Cuba, with all its conservative nuance; which the relative liberalism of exceptions such as Juan Gualberto Gómez barely manage to tinge, pointing out its functionalism.

The difference is not only strange but also functional, which is what makes them both important in this illustration; one with the organization of a cosmology in the dramatic value of the real, whose anthropology emerges in their literature; the other in the understanding of that cosmology, and implementing it meticulously, in the brief piece of journalism. That is why Urrutia can never dare —nor does he care— in a project like Morúa's Political Essay[1]; but he can push that vision, as the other cannot do in his literary excellence, speaking to the common man.

Urrutia's other value is the illustration of Cuban conservatism, in its political advance with the triumph of Batista; that cannot obey just to a folkloric frivolity or a mere immorality, which is what it is reduced to ideologically. Any understanding of Batista is determined by his violence, as if the revolutionary one were not just as vicious; as if violence were not the characteristic of Cuban political culture, from its very genesis in the voluntarism of the Creole landowners of the independence.

This persistence should draw attention to its nature, at least in the case of black Cubans; who since Morúa presided over the Senate, only with Batista —and never again— did they achieve any political preeminence. Batista means something that is more serious than the supposed fickleness of a people that no one bothers to understand; and that secret would be in this sarcastic shadow, which follows him like a sixty-four[2] that the country recurrently encounters.

Urrutia makes it clear that Cuban racism, distinct from its racial prejudice[3], is a mimicry of that of the American; which is why it is typical of a high bourgeoisie with aristocratic pretensions, distancing itself from all petty bourgeois and proletarian ties[4]. That is important, because it is this false bourgeoisie that rejects Batista as well as Cubans in general in politics; and in this game of dichotomies, the Cuban is that sarcasm that persistently crosses it, eventually with its own violence.

This is important, because it diverts to Cuba the possibility of development that is impossible in the United States; since humanity cannot be concretized in this violence of subjugation, if it depends on the will to relate ones to others. That what means Batista's strength, understandable in the incredibly liberal reasoning of Urrutia's conservatism; and it is the kind of subtlety that, in its extreme tactical practicality, escapes the great cosmologies such as that of Morúa and his literature.

There is a detail in the joy with which Urrutia refers to Nicolás Guillén, no matter the obvious ideological divergence; and that recalls the subreptitious persistence with which Guillén maintains the memoirs of Lino Dou and Morúa in the revolutionary Cuba. It is an identity that, not being political, is not racial either —in that same ideological sense— but existential; even if this existentiality comes —as pragmatism— from his experience, in the political precariousness of his race. It is the same silent effort —perhaps unconscious— with which Fernández Robaina collects them all and puts them in order; it doesn't matter if he does it underhandedly, in that context of the Aponte Society in Cuba, which others take advantage of to ripe the new slave market of American Universities.



[1] tags. It refers to the Political Essay or Cuba and Racial Integration.

[2] . 64, Grand Dead (ancestor) in Cuban Charade.

[3] . Racism and racial prejudice would be distinct categories, one referring to the organization of society as a principle, and the other to a cultural atavism with concrete practices; In this case, Cuban racial prejudice would be subordinated in principle to the integrationism of Iberian culture, while its racism would be subordinated to the mimicry of the Cuban high bourgeoisie of North American segregationism.

[4] . The excessive stratification of modern rationalism tends to identify the bourgeoisie as a single class, unaware of its own formation; with the upper bourgeoisie generated from the financial specialization of a part of it, which allows it to replace the traditional aristocracy, with the transformation of capital, from military to financial.// Cf: Onthe Reactionary Character of Every Revolution

Wednesday, July 13, 2022

El conflicto de Martín Morúa Delgado en contexto (1ra parte)

Respecto a Martín Morúa Delgado, es erróneo reducirlo a la contradicción con el Partido Independiente de Color; e igual de grave es reducir esta contradicción a las personalidades que envuelve, dejando fuera el contexto en que ocurre. Al fundarse el PIC, Cuba participaba del desarrollo de las relaciones interraciales en el área, que incluía el Caribe y los Estados Unidos; también por su importancia económica y emergencia política, puede decirse que era su capital fuera de los Estados Unidos, con su propia dinámica. 

De hecho, Cuba se resolvía bajo la influencia de Estados Unidos, que vivía su mayor crisis desde la Independencia; con el proceso de la emancipación, agravado por la naturaleza menos virulenta de estas relaciones en Cuba. Eso no era gratuito, formadas en el modelo hispánico, sus culturas emergentes eran integracionistas, no segregacionistas; lo que no excluye la formación de focos virulentos dentro del sistema, pero más bien puntuales antes que sistemáticos, incluso si tolerados.

También se trataba de relaciones funcionales en tanto políticas, típicas del modelo feudal, de servicio y vasallaje; pero como un sistema de clases integradas en esta funcionalidad, dando forma al cuerpo político del imperio. Mientras, en contraste, las relaciones dentro del creciente industrialismo anglo norteamericano eran más móviles; pero por su índole segregacionista, dependiendo directamente del poder económico antes que de alguna función política directa.

En este sentido, es también erróneo comprender las relaciones capitalistas, como basadas exclusiva en el capital; no en el sentido de ese capital como el acceso a bienes y servicios concretos, distintos del capital como concepto abstracto; que es lo que lo explica no sólo en su función política, sino también en los sucesivos traumas y contradicciones con que esto ocurre. De ese modo, las relaciones capitalistas —aún emergentes— cumplen una función discriminadora, no integracionista; reorganizando la estructura social, que aún no se habrían establecido en una tradición con cuerpo y referencias propios, como el feudalismo español.

Todavía, los elementos que dan forma al conflicto en una y otra cultura son distintos y contradictorios entre sí; con chinos y blancos pobres mediando entre negros y blancos ricos —que hacen el conflicto de clases antes que racial— en Cuba; e irlandeses como blancos pobres, mediando entre negros y el resto de la sociedad en los Estados Unidos. En el primer caso, la mezcla produce una convivencia interracial en los estratos más pobres de la restructura, propiciando el mestizaje; en el segundo abre la puerta de la migración social para los irlandeses, con su integración paulatina dada la identidad racial, mientras la cierra sobre los negros. En ambos casos, la naturaleza racial o de clases del conflicto es relativa y no absoluta, como una prioridad formal; de modo que el conflicto de clases se hace racial en Cuba, mientras el racial se hace de clases en Estados Unidos; pero sin que ninguno de estos pierda su identidad excepcional, determinada por la excepcionalidad de su propio desarrollo.

La inteligencia negra carece así de referencias propias, con las que resolver sus conflictos de integración en Cuba; cuya estructura era de suyo —de algún modo— racista, porque toda estructura se organiza en alguna discriminación; aunque careciera de esa virulencia de la norteamericana, de la que se distingue sólo en los alcances, no en los principios. Por eso, esta inteligencia acudiría a las referencias que trae de esa virulencia Norteamérica, que responde a los mismos principios; con el fantasma además del heroísmo clásico de la revolución haitiana detrás, que perpetúa en la dialéctica —como contradicción lineal— el problema político.

Sería contra esto que habría actuado Morúa, apelando a la extrema sutileza política del estadista en su circunstancia; que puede comprender no sólo la peculiaridad de las condiciones nacionales, sino que trata de aprovecharlas. Su deficiencia habría estado en no tener en cuenta esas otras referencias, en medio de su propio espectro nacionalista; desechadas como extranjerizantes, como si Cuba no formara parte de esa reestructuración constante que la sobrepasaba; y que incluía desde la emergencia de las nuevas formas de producción, hasta las contradicciones que estas producían en su restructuración de la sociedad; y hasta el flujo constante de la integración del área en una cultura transnacional, que expandía los conflictos norteamericanos. 

Segunda parte: El garveyismo como influencia especial en el contexto de Morúa Delgado

Saturday, June 11, 2022

Convocatoria

Martín Morúa Delgado fue una prominente figura negra, que nació en Cuba el 11 de Noviembre de 1857; y participando del controvertido proceso de la independencia nacional, llegó a presidir el senado de la república. Esta importancia suya se ha visto opacada, por el mismo carácter contradictorio y complejo de la historia de Cuba; sobre todo por su papel en lo que se conoce como La enmienda Morúa, que terminaría dando lugar a la peor masacre de índole racial del período republicano cubano.

Este circunstancia ha opacado sin dudas su importancia capital en la historia de Cuba, y en especial para los negros; que han perdido en su figura lo que probablemente sea la mayor proyección intelectual de esta raza, en ese panorama nacional. Sin embargo, por eso mismo y nuestra propia precariedad, los negros no podemos darnos el lujo de esa pérdida; y por eso, Ediciones Itinerantes Paradiso y El Manierista Productions hacen un llamado a toda la comunidad, para indagar en esta personalidad tremenda.

El objetivo es reunir la mayor documentación posible sobre esta figura fundamental, celebrando su natalicio; con una conferencia virtual, en que pueda discutirse con amplitud sobre esta proyección suya. El tema único —pero no exclusivo— será El pensamiento político de Morúa Delgado, y todo lo relacionado con él; con especial énfasis en su formación, influencias y relaciones, especialmente con Juan Gualberto Gómez.

Como parte de ese proyecto, se plantea la posibilidad de un documental que apoye e ilustre esta indagación; para lo que se hace un llamado especial a todas las personas interesadas, no exclusiva ni necesariamente académicas. Los trabajos sometidos serán reunidos en un documento final, como referencia para futuras investigaciones; que incluyen el desarrollo paulatino de otros temas, como el movimiento de la negritud, el renacimiento de Harlem y el vínculo poético de Langston Hugues y Nicolás Guillén.

Para cualquier correspondencia sobre este tema, favor de escribir a

Iggranados@hotmail.com

 

Sunday, June 12, 2022

La paradoja Carbonell

Walterio Carbonell es una figura prominente en la intelectualidad negra cubana, con algún ascendiente en las élites de poder; como se vería en su muerte, con las condolencias y muestras de respeto de altos dirigentes, con quienes había compartido estudios y luchas. Su propia formación en Francia lo había expuesto al desarrollo de ese movimiento amplio conocido como de la negritud; que englobaba a la diáspora africana en las Américas y el Caribe, alrededor de figuras prominentes como Aimé Cesaire, Frantz Fanon, etc.

Era una época de lucha revolucionarias, con su efecto revivalista en la restructuración de las relaciones políticas de Occidente; un ambiente ampliamente conocido por Carbonell, inmerso en las contradicciones políticas del momento. El trabajo de Carbonell va a establecer un vínculo directo con las figuras históricas más prominentes entre los negros cubanos; con especial énfasis en el desarrollo de las luchas de independencia, así como en la masa de esclavos que sostenía la producción colonial y su participación en esas luchas.

Carbonell sin embargo abre su análisis de la cultura cubana con el elogio de África, con lo que ya lo hace sesgado; porque para existir en sí misma como fenómeno, esta tiene que estructurarse en unas relaciones de poder, que son obviamente de sus elites. Carbonell se ocupa de reordenar hechos históricos, que responden a sus propias determinaciones (económicas); pero lo va a hacer sesgadamente, acudiendo al ascendiente moral, incluso si contradictoriamente parte de la base supuestamente materialista del Marxismo[1].

Con eso demuestra de paso la falacia del Fidelismo, como modificación del determinismo económico del Marxismo; comunicando al libro ese sentido ideológico y reductivo, en su vínculo con el pasado histórico, en busca de una legitimación actual. El efecto es controversial y paradójico, aunque también lógico en el contexto en que se proyecta; ya que recurre en todas sus referencias a la contradicción política del imperialismo norteamericano, a la que subordina el problema racial.

Con eso Carbonell actualiza la contradicción histórica de Evaristo Estenoz y Martín Morúa Delgado, a favor de Estenoz; que es formado en los ambientes virulentos —no integracionistas— norteamericanos, y con el ascendiente de la revolución haitiana; con eco en las contradicciones producidas por la participación norteamericana en la gesta independentista nacional, ya controversial en sí misma. La paradoja Carbonell consiste en esa referencia última, no ya a su marxismo natural sino a la ideología francesa (humanista) en general; cuya reivindicación de los negros es precisamente una estrategia política, que resulta en la subordinación cultural.

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Contrario al pragmatismo economicista (burgués) de Morúa, la dupla de Carbonell-Estenoz insiste en la segregación; apelando a una justicia revolucionaria, que restaure por la fuerza un orden natural, que es el modelo autoritario tras el elitismo intelectualista del humanismo. El problema es que esa estrategia subordina el problema racial a la contradicción política de Occidente, posponiéndolo para siempre; en tanto Occidente no va a solucionar nunca esa contradicción suya, que es la que lo define como cultura, en la dialéctica de la historia[2].

Eso es lo que podría solucionar la irrupción de la cultura negra, con su historia singular en medio de esas contradicciones de Occidente; pero sólo en tanto no quede subordinada a la misma, perdiendo en ello su propia capacidad de redeterminación política. Es ahí sin embargo donde surge la paradoja Carbonell, mutilando esta facultad estructural del negro en las Américas; con su subordinación a esa contradicción de dicha determinación cultural, a través del discurso ideológico el heroísmo revolucionario.

En se sentido, Carbonell hace en realidad lo que se le achaca a Morúa Delgado, al lograr esta subordinación política; que se va a revertir en una ideología, en la cual se funda finalmente la propiedad del liberalismo occidental sobre el problema racial. Esto es de algún modo inevitable, explicándose en la variación del problema negro desde los conflictos del colonialismo; que frustra incluso el fenómeno de fuera la Negritud, como el del renacimiento de Harlem, precisamente en esa naturaleza helicoidal que hace paradójico el desarrollo dialéctico.

No se trata entonces de un baldón moral sobre la figura de Carbonell, esplendente en su proyección intelectual; sino de una comprensión de sus alcances y limitaciones, para una mejor adecuación de los nuevos desarrollos. En definitiva, la tradición no crece sobre los cultos, que en verdad la corrompe con sus sombrías legitimaciones; sino en la tensión crítica con que se ajusta el esfuerzo de los fundadores, nunca errados en tanto justamente fundacional.


[1] . La base epistemológica del Materialismo dialéctico —y con ello su propia naturaleza— es idealista, porque es siempre conceptual y moral; no pragmática y probabilista entonces, sino dogmática, funcionando en ello como un falso realismo, que de hecho se explica como ajuste hermenéutico del mismo Idealismo

[2] . Aunque la dialéctica apunta a un principio de contradicción natural en la historia, lo hace en la lógica racional de su época; que como recto sentido, ignora que este desarrollo helicoidal y no lineal, incluso como evolución histórica. Como resultado, la contradicción violenta sólo introduce traumatismos en la historia como proceso evolutivo; que siendo absorbidos o no por el nivel de tolerancia de a estructura social, sólo ralentizan o quiebran el proceso, sin acelerarlo nunca.


Wednesday, February 1, 2023

Mr. Du Bois' mistake, a view on blackness

By Miguel Alejandro Bignotte

As a category of analysis, negritude described a Marxist-influenced movement of political and literary elites; emerged in the Caribbean of the 30’s, with the purpose of specifying the sociocultural and aesthetic identity of black tradition; against the political positions of their colonial metropolis, with which they had a relationship of dependence. 

Léopold Sedar Senghor defined blackness as "the set of cultural values of black Africa"; while Aimé Césaire, defined it as  "the rejection of cultural assimilation", proposing  the cultural above the political". Years later, Césaire would retract this concept because of its apparent racist connotations; as well as by the circumstances that ruined the need for the movement, especially of that category of blackness.

For the author, however, blackness has a broader framework, with its roots in human trafficking in Africa; with these essays, he intends to analyze blackness in that sense, different from the movement that coined the category. As an expression of this, he addresses the elitist vision (necessity) of W.E.B. Du Bois, versus the industrialist of Booker T. Washington; for which it also analyzes other forms of this elitism, such as the Black Renaissance of Harlem and the Association for the Advancement of Colored People; and even other non-elitist expressions, such as pro-capitalism Garveyism or the case of Morúa Delgado. 

Thus, in tight synthesis, it opens the diapason of that spectrum of blackness, addressing broader stages and spaces; which include other former colonies of Hispanic and Anglo-Saxon descent, with only one mention of such emblematic cases as SouthAfrica and Liberia. For this, he analyzes outstanding figures in various fields such as military, political, academic, literary and journalistic; in which we can find Morúa Delgado, Quintín Banderas, Juan Gualberto Gómez, Evaristo Estenoz or Juan Gualberto Gómez. 

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The work is not easy to understand for those who are not familiar with specialized subjects, such as history or philosophy; in fact, a review of the sharp eye of a consecrated intellectual is essential. That does not mean that it cannot be studied by those who do not know these issues in depth, taking into account that the author does not use elaborate language, although he does use very specific categories; therefore, a first reading is recommended to point out those topics in which it is essential to deepen; and then a second reading of deepening, which allows a maximum apprehension of the concepts, facts and historical characters used by the author.

Granados perceives himself as a Black, not a person of color or an Afro-descendant; And it is elementary that he does not do it because of the banal argument of the mere color of his skin. He is born into a family with an awareness of what it means to be black, and why being black means a different existence; his mother, the poet Georgina Herrera, was inspired by the black woman, and it about her it was said that she walked with her race and poverty on her back; his father Manuel Granados, a black novelist, was marginalized by Cuban cultural authorities, because he was considered a "black mouthy and marginal". These harsh circumstances influenced the author's thinking, and because of them he was born black and lived conscious of being black and wrapped by blackness; marginal by vocation and marginalized by racial origin, are the circumstances that traced his path as a Renaissance and free man.

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Despite the abandonment of blackness as a category, the author continues not only to study it in this broader spectrum; but it is inscribed within it and approaches it without fear, although in certain literature —based on the work of Claude Lévi Strauss— it affirms that there is no racial division of humanity. However, regardless of the political influence —sometimes opportunistic— that this thesis of biology has had, blackness will continue to need these qualities; to be able to address social phenomena that have not yet been overcome, and that have –at least as a base– what we have called race, and that does not always coincide with ethnicity. 

In this way the essayist, although not unaware of it, distances himself from black nationalism, and uses concepts as "Afro-descendant" with moderation; and does not use terms as "defensive racism," "exclusion of other races or ethnicities", or "affirmative action". Finally, the suggestion to the reader is to not only read the work but also studies it, and complements it with other readings; the request to the author will be to extend his essays to the phenomena of discrimination that occurred in southern Africa. 


Friday, September 22, 2023

Los jacobinos negros, C.L.R. James

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Este es un libro capital, que explica la primera revolución de independencia en América, luego de la norteamericana; especialmente importante en esto, porque envuelve la enormidad del mundo latino, en su contraste con el anglo sajón. El libro tiene además el ritmo trepidante de la novela histórica, porque así de compleja y tumultuosa es la realidad que describe; superando en sutilezas y profundidad la más atrevida y surrealista de las ficciones, porque es como un primer momento de la creación.

Tan intensa es su comprensión de la realidad, que esquiva la justificación de los héroes, y los presenta en su humanidad; con lo que arroja luces sobre esos incomprensibles pasajes de todos estos procesos, deteniéndose en la naturaleza de los mismos. De paso, el autor expone la personalidad de Toussaint de Loverture, el más controvertido y complejo de estos héroes; cuya pasión es la historia misma que se desenvuelve hasta hoy día, que el autor vincula —eficaz en su ingenuidad— a Fidel Castro, lo que merece otro tratamiento.

Este libro deja claro cómo la revolución haitiana no fue un producto separado de la francesa, sino su expresión; resquebrajando las débiles estructuras políticas de la colonia, como el mundo en formación que era antes que la mera continuidad. No hay que confundirse, la revolución haitiana y la francesa, difieren en carácter —no en alcance— por su circunstancia; por eso una es expresión de la otra, pero a la misma vez que su extensión, si bien discontinua, en esa doble función de todo lo real.

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El libro también recuerda que tanto los sucesos en Francia como en Haití son super complejos, por su diversidad política; que no sólo opone un club de Massiac[1] al de los Jacobinos, sino que revela además las tensiones de sus respectivos extremos. Quizás la mejor parte, que impulsa ese ritmo trepidante, es la estricta sucesión de hechos y su concatenación minuciosa; narrando las líneas de tiempo de todo lo que ocurre, tanto en Francia como en Haití —todavía Santo Domingo—.

El libro es especialmente importante para los cubanos, por lo que significa esa revolución en el horizonte nacional; desde la ferocidad del Capitán General O’Donnell al levantamiento de los Independientes de Color, su masacre y consecuencias. Tal es esa importancia, que ocupa gran parte del ensayo de Martín Morúa Delgado sobre la integración racial en Cuba[2]; y que puede ser mejor comprendido no sólo por su propia traducción de la biografía de Loverture[3], sino también con este otro título.

La revolución haitiana es tan importante que figura en la dialéctica hegeliana, como la francesa en el marxismo; pero inexplorada en su dimensión antropológica, sus repercusiones son ontológicas, en la comprensión de la historia. Hegel comprendió en definitiva la referencia haitiana —de segunda mano además— desde su propia hermenéutica; que preestablecida ya desde Kant, adaptó el suceso particular de la revolución haitiana a su concepto universal, por ello insuficiente.

Esa complejidad es la que asoma en este libro, explicando así la naturaleza trialéctica y no dialéctica de la realidad; porque responde a tensiones tricotómicas y no dicotómicas, permitiendo por fin la superación de las limitaciones filosóficas modernas. Esa otra materia de lo histórico —que es la filosofía— es lo que puede extraerse de este libro, que es así una referencia capital; porque trascendiendo la función ideológica, permite por fin estos nuevos desarrollos, que exponen por fin la novedad del Nuevo mundo.



[1] . A los conocidos clubes de los Jacobinos (republicanos) y los Feuillants (realistas), se unía el de los Massiac, que representaba a los colonos de las Indias Occidentales; como los Jacobinos toman su nombre del antiguo convento de Saint Jacob, los Feuillants lo tomaban del antiguo monasterio de las Frondas, y los del Massiac lo tomaban del hotel Massiac, en el que se reunían.

[2] . Primer acercamiento sistemático y minucioso, de valor incluso antropológico, a la estructura social cubana desde el punto de vista racial; con énfasis en estas diferencias estructurales, entre la sociedad haitiana y la cubana, para explicar la improcedencia de un tratamiento equivalente. El ensayo de Morúa podría de hecho ser un precedente para mover el eje hermenéutico de la antropología cubana, desde la perspectiva de la burguesía blanca criolla —Lidia Cabrera, Fernando Ortiz, Alejo Carpentier— a una más efectiva; que siendo de hecho integracionista, no se detenga en el negro como un objeto más o menos curioso, sino como sujeto activo en su singularidad etnológica.

[3] . Se trata de The Life of Toussaint L'Ouverture, The Negro Patriot of Hayti: Comprising an Account of the Struggle for Liberty in the Island, and a Sketch of Its History to the Present Period. Por John R. Beard. // CF: Edición electrónica.