Saturday, October 8, 2022

Acerca de Yesenia Selier y el problema racial en Cuba

Yesenia Selier
El Centro Cultural Cubano de NuevaYork tuvo recientemente un panel de discusión sobre el problema racial, en el que Yesenia Selier presentó una ponencia no muy organizada, con la que exponía extractos de su propia tesis de estudio. Entre sus afirmaciones, una resaltó los excesos y reducciones comunes, acerca del desarrollo de Cuba antes de la revolución haitiana; que así es el paradigma no sólo de la cuestión política en la región, sino también su catalizador económico.

Sólo que como excesiva al fin y al cabo, dicha afirmación no es exacta y se presta a la mala representación; porque antes de la revolución haitiana Cuba sí tenía una economía próspera, que de hecho explica su derivación al contrabando. Primero, es un error achacar el contrabando a la pobreza, porque para insertarse en este es necesario tener algo que ofrecer en intercambio; y Cuba poseía exactamente el bien más buscado —por su funcionalidad— en las actividades de contrabando, que es el dinero.

Ciertamente, Cuba no tenía una economía de producción como la haitiana, pero sí una —muy desarrollada— de servicios; sostenida por el enorme presupuesto del situado de México, como cuartel general del imperio español en las Américas. Eso es lo que explica el fenómeno excepcional incluso, de lo que probablemente fuera el primer conflicto del capitalismo en España; cuando la sublevación de los vegueros (1717) respondió a la traumática transición de la economía feudal al transaccionismo capitalista.

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Este conflicto es típico de la contradicción interna en la clase media alta, en su proceso de crecimiento exponencial; que se daría sobre la base de la explotación económica de las inferiores, con sus distorsiones inevitables; en tanto se trata de un proceso real (industrialización), y no abstracto como su crítica moral. Curiosamente, esto ocurre antes que la toma de la Habana por los ingleses estimule el desarrollo capitalista en Cuba (1762); y refleja el mismo tipo de tensión entre las economías del norte y el sur en los Estados Unidos, resueltos con su Guerra Civil (1861); aclarando que el conflicto haitiano no era ni excepcional ni en ello catalizador, como simplemente otra contradicción en un proceso más amplio por su globalidad.

Esto incluso explicaría la discordancia de Louverture reteniendo la institución esclavista, mejor que la inconsistencia moral; volviendo el foco al tipo de relaciones que se gestaban en Cuba y los Estados Unidos, aún si sobre esa base anterior de la falencia haitiana; que no es gratuita, sino debida justo a su carácter eruptivo e inicial, y por ende funcionalmente negativo. Esto se refiere a una función dialéctica, en la que se posibilitan los desarrollos, justo con la contracción que sintetiza los anteriores; y en ese sentido, se habría tratado entonces de la simple manifestación en el nuevo mundo —como extensión de Occidente— del desarrollo político europeo; en el avance del industrialismo anglo francés, con los problemas estructurales de este último en su base humanista, frente al pragmatismo del otro.

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En Norteamérica esto sería el contraste de sus colonias, entre el carácter empresarial de la mayoría y el todavía feudal de Carolina; cuya ascendencia está precisamente en el colonialismo feudal de las Antillas, introduciendo esa contradicción en el continente. En ese panorama, Cuba retiene incluso la función excepcional que normalmente se atribuye a Haití, aunque el conflicto se determina económica y no etnológicamente; pero explicando en esta salvedad la función moral de esa primacía haitiana, como justificación mítica —desde el heroísmo clásico— de la proyección neo feudal (corporativista) del Humanismo moderno.

Nada de eso está oculto, pero es accesible sólo a una perspectiva pragmática, no a la manipulación ideológica; con la que los catedráticos, como escolarcas medievales, se agotan con la población angélica que cabe en un alfiler. Eso no restaría consistencia la revolución haitiana, cuya función política vendría a ser como la —igualmente equívoca— de Sócrates en Filosofía; no fundacional sino conclusiva, en esa contracción que permite el desarrollo posterior, semilla que se pudre entonces antes que floración gloriosa.

Más importante es sin embargo la imposibilidad de discutir esto, por ese elitismo de monjes que son los académicos; porque la ponente —por la razón que fuera— no se dignó a presentarse a la discusión, luego de exposición tan corregible. Queda no obstante la confirmación de la realidad ignorando las pretensiones elitistas, perdidas en el distanciamiento; no importa si este se basa en la supremacía moral del resentimiento, que es siempre legítimo pero igualmente improductivo.


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