La opción de Senghor por la ontología bantú de Tempels no habría sido gratuita, sino basada en su interés estético; apuntando a la capacidad reflexiva del arte, sólo que en sentido político —como ideológico— en vez de cultural. Eso tampoco sería gratuito, sino que respondería a su propia determinación en ese sentido, como en el error de Du Bois; lo que no es extraño, soluciona epistemológicamente la comprensión de lo real como naturaleza, en la cultura.
Esta es la propiedad innata al arte, en su propia condición
formal, ya desde la era arcaica en el mismo Occidente; pero es de hecho un fenómeno
actual y común a toda cultura, en su tradición mitológica, como representación
de eso real. Sólo que aquí habría un par de falacias, por las que eso no se
cumple, aunque el esfuerzo sí apunta a esa intuición; ya que en tanto postmoderno,
su caso ya ha pasado la distorsión de la Modernidad, en su disfunción
estructural.
Como principio no obstante, y en tanto formal en su propio carácter, el arte sí retendría esta capacidad reflexiva; pero por lo mismo no en el conceptualismo, que lo haría disfuncional, privándolo de esa capacidad representacional. Esta representación formal se daría por analogía simpática, referida a la estructura del fenómeno representado; distorsionada en la convención del sentido recto, presumiendo la comprensión del fenómeno, por su racionalidad.
Esto es lo que deslegitima al conceptualismo postmoderno,
aunque lo comprenda en su desistematización de lo moderno; que no estaría en la
apoteosis formal con que se cumple en el Barroco —como clásico—, sino en esta
contradicción. El problema no es entonces del arte, como práctica de suyo artesanal,
sino en su desplazamiento por la filosofía; con su especialización profesional,
en el intelectualismo moderno, que es lo que lo establece como tal, y no postmoderno.
Es decir, el arte moderno responde a su naturaleza formal
clásica, pero es desplazado en esa misma modernidad; dando lugar a la crisis postmoderna,
que es de su misma modernidad, y no de su tradición clásica y formal. De hecho,
y volviendo a Senghor, el arte que postulaba no era el formalista de las
tradiciones populares; sino el conceptual de este convencionalismo
intelectualista, como se observa en su maravillosamente resuelta poesía.
Se trata por tanto de una poética o filosofía estética antes que arte, y con su objeto en un concepto político, no estético; legitimado en el trascendentalismo histórico de su determinación política, no en sus propiedades formales. Por eso Senghor tiene que acudir a una ontología convencional, sin descansar en la propiedad misma de la poesía; lo que resulta contraproducente, reduciéndola al valor ideológico que pretendía superar, como mera alternativa.
Esto es lo que sitúa al fenómeno de la Negritud en el
espectro del romanticismo típico, como reacción al racionalismo; resaltando la
ambigüedad de su objeto, en tanto político y no propiamente estético, y por
ello sin función existencial. Por ello no se interesa en una ontología propia
de esas culturas, y que encontraría en sus tradiciones populares; con lo que
habría esquivado la crítica —también excesiva— de Franz Fanon, con una
suficiencia ontológica de la cultura.
El conflicto de la Negritud se resuelve así como
extensión misma del de Occidente, en su contradicción interna; reproduciendo
los mismos excesos que critica, y por las mismas razones que critica en ellos,
en su determinismo. Esto sería lo que limite su alcance, pues la Negritud no
alcanza a constituirse como una postulación alternativa; aunque todavía
evidencia la insuficiencia de esta tradición occidental, en la de ese estadio
moderno como apoteosis.
Ese sería el valor de la Negritud, como de la crítica
postmoderna, no la crítica de Occidente, sino de su modernidad; entendida como
contracción a los principios funcionales de la tradición que culmina en ese
estadio, no su alternativa. Por supuesto, nada de eso es perceptible desde los
mismos parámetros de la contradicción, determinados por ella; sino sólo desde
una instancia capaz de conciliar sus términos, que es precisamente el sentido
del Realismo Trascendental.



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