Los dramas de videos cortos en las redes sociales comparten muchos elementos con las tradiciones populares; riquezas sólo escritas en las Mil y una noches, amores repentinos y casuales, pero profundos y definitivos. Junto a eso, reyes negros en capas de armiño, con tronos en conventos —y no castillos— medievales; que además tienen sistema eléctrico, medicina nuclear, y cocinas con un equipamiento sólo comprensible con esas riquezas.
También como en Las mil y una noche, los dramas son simples y
brutales, como las psicologías son toscas y desdibujadas; ni siquiera ninguno
de esos elementos responde a una lógica dramática, y a veces ni siquiera de
perspectiva visual. Nada de eso importa, porque se trata del capitalismo
trascendiendo al capitalismo, con el sentido sobre la forma; que así la vuelve
a hacer funcional, desplazándola desde el protagonismo en que perdiera al arte
en su sinsentido.
Eso sí, ninguna de esas historias será una odisea interior o un
replanteamiento de la realidad, como en los modernos; sino que son historias sobre
la efectividad del poder —en lo que difieren de las tradiciones—, como un
objeto peculiar. Es en esto que se trata de sentido, repitiendo la máxima —como
axioma existencial— de que el poder nunca es insuperable; resolviéndolo en
vericuetos absurdos y repetitivos, menos preocupados por su verosimilitud, que
por su obviedad.
En esas historias, el poder se despliega en una espiral que desconoce la
dicotomía de malos y buenos, en su relatividad; con gente que desconoce el
alcance de la persona con la que lidian, y que se les revela con paroxismo de
mitología antigua. Las veces que eso ocurrió entre modernos y postmodernos —Twain,
Faulkner, Dostoievski— fue indefectiblemente realista; y también
indefectiblemente neutralizado en su eficacia, por el convencionalismo de un
mercado intelectualmente estratificado.
Se trataría por tanto de una reconexión con la naturaleza práctica de la
cultura, tras el elitismo intelectual moderno; acudiendo a toda forma
disponible, no importa su lógica propia, si es o se hace funcional como
dinámica. Después de todo, la cultura no era libresca antes de la modernidad,
sino que se resolvía en tradiciones orales; ocupándose del sentido, excepto en
ese intermezzo moderno, en que se perdió en la subjetividad de lo humano.
No es que no haya habido excepciones, pero siempre en desesperos que
apelaron a la experiencia extrema; tan temprano como el siglo XVII con la
antinovela francesa, que repetirá Julio Cortázar, o el Realismo Mágico. Estas
excepciones son sin embargo la temprana emergencia, que resiente ese nuevo
convencionalismo; y que por eso lleva la condición de inconvencionalidad
aparente al extremo absurdo, en busca de la experiencia.
No importa que esta producción dramática sea incluso corporativa e
industrial, es todavía artesanal y popular; porque es esta clase la que se ha
desarrollado tecnológicamente, aún sin conseguir su determinación política. En
todo caso, es un producto dirigido a esa clase popular, y que por tanto
responde a sus intereses especiales; que son los que introducen el elemento
existencial, sobre el político con que se retroalimentan los intelectuales.
¿Realmente James Joice es algo más que estilo, puede decir a su gente —no
ya a la pescadera— algo que no sepa?; ese nivel de gratuidad es el que sólo se
justifica en la profundidad filosófica, pero justo porque no es comercial. Por
eso sólo autores que pueden añadir este extra de absurdo sobreviven a la
velocidad brutal de su mercadeo; sea Herman Hesse, con la recurrencia de sus
reducciones, en dramas que desconocen la complejidad de lo real; o sea Lezama
Lima reproyectando el Idealismo de la Eidos platónica, en un alcance de realismo
trascendental; o Borges haciendo ditirambos superficiales con conceptos
complejos, para mostrar irresponsable nuestra vanidad.
Hay algo paradójico en este drama de un mercado que se deshace en su
inconsistencia, y es su alcance ético; con intelectuales protestando el
capitalismo que los habilita, como si la filosofía no hubiera florecido con el
comercio. Sólo la disponibilidad de tiempo y recursos posibilitó el lujo jónico
de la fisiología, e inmediatamente produjo la sofística; porque alguna utilidad
había que darle a aquellos sinsentidos del río que no es el mismo y el no-Ser
del no-Ser.

No comments:
Post a Comment