Saturday, October 3, 2026

Ditirambos electrónicos

Los dramas de videos cortos en las redes sociales comparten muchos elementos con las tradiciones populares; riquezas sólo escritas en las Mil y una noches, amores repentinos y casuales, pero profundos y definitivos. Junto a eso, reyes negros en capas de armiño, con tronos en conventos —y no castillos— medievales; que además tienen sistema eléctrico, medicina nuclear, y cocinas con un equipamiento sólo comprensible con esas riquezas.

También como en Las mil y una noche, los dramas son simples y brutales, como las psicologías son toscas y desdibujadas; ni siquiera ninguno de esos elementos responde a una lógica dramática, y a veces ni siquiera de perspectiva visual. Nada de eso importa, porque se trata del capitalismo trascendiendo al capitalismo, con el sentido sobre la forma; que así la vuelve a hacer funcional, desplazándola desde el protagonismo en que perdiera al arte en su sinsentido.

Eso sí, ninguna de esas historias será una odisea interior o un replanteamiento de la realidad, como en los modernos; sino que son historias sobre la efectividad del poder —en lo que difieren de las tradiciones—, como un objeto peculiar. Es en esto que se trata de sentido, repitiendo la máxima —como axioma existencial— de que el poder nunca es insuperable; resolviéndolo en vericuetos absurdos y repetitivos, menos preocupados por su verosimilitud, que por su obviedad.

En esas historias, el poder se despliega en una espiral que desconoce la dicotomía de malos y buenos, en su relatividad; con gente que desconoce el alcance de la persona con la que lidian, y que se les revela con paroxismo de mitología antigua. Las veces que eso ocurrió entre modernos y postmodernos —Twain, Faulkner, Dostoievski— fue indefectiblemente realista; y también indefectiblemente neutralizado en su eficacia, por el convencionalismo de un mercado intelectualmente estratificado.

Se trataría por tanto de una reconexión con la naturaleza práctica de la cultura, tras el elitismo intelectual moderno; acudiendo a toda forma disponible, no importa su lógica propia, si es o se hace funcional como dinámica. Después de todo, la cultura no era libresca antes de la modernidad, sino que se resolvía en tradiciones orales; ocupándose del sentido, excepto en ese intermezzo moderno, en que se perdió en la subjetividad de lo humano.

No es que no haya habido excepciones, pero siempre en desesperos que apelaron a la experiencia extrema; tan temprano como el siglo XVII con la antinovela francesa, que repetirá Julio Cortázar, o el Realismo Mágico. Estas excepciones son sin embargo la temprana emergencia, que resiente ese nuevo convencionalismo; y que por eso lleva la condición de inconvencionalidad aparente al extremo absurdo, en busca de la experiencia.

No importa que esta producción dramática sea incluso corporativa e industrial, es todavía artesanal y popular; porque es esta clase la que se ha desarrollado tecnológicamente, aún sin conseguir su determinación política. En todo caso, es un producto dirigido a esa clase popular, y que por tanto responde a sus intereses especiales; que son los que introducen el elemento existencial, sobre el político con que se retroalimentan los intelectuales.

¿Realmente James Joice es algo más que estilo, puede decir a su gente —no ya a la pescadera— algo que no sepa?; ese nivel de gratuidad es el que sólo se justifica en la profundidad filosófica, pero justo porque no es comercial. Por eso sólo autores que pueden añadir este extra de absurdo sobreviven a la velocidad brutal de su mercadeo; sea Herman Hesse, con la recurrencia de sus reducciones, en dramas que desconocen la complejidad de lo real; o sea Lezama Lima reproyectando el Idealismo de la Eidos platónica, en un alcance de realismo trascendental; o Borges haciendo ditirambos superficiales con conceptos complejos, para mostrar irresponsable nuestra vanidad.

Hay algo paradójico en este drama de un mercado que se deshace en su inconsistencia, y es su alcance ético; con intelectuales protestando el capitalismo que los habilita, como si la filosofía no hubiera florecido con el comercio. Sólo la disponibilidad de tiempo y recursos posibilitó el lujo jónico de la fisiología, e inmediatamente produjo la sofística; porque alguna utilidad había que darle a aquellos sinsentidos del río que no es el mismo y el no-Ser del no-Ser.

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